Hubo una vez una llamada a las tres de la mañana, un quimérico juego de ternuras que no era más que una historia mal contada. Hubo una vez unos segundos necios, dos miradas fijas que algo tendrían, qué se yo, de necesarias. También hubo risas y “momentos” y llantos inconclusos, una vulgar novela de un único capítulo, corto además: mal escrito. Hubo una mujer sin rumbo y un hombre con muchos rumbos fijos. Algo de sinceridad, un poco de cariño prometido (de antemano, por supuesto). Hubo cierto espíritu de lucha y muchas ganas de creerlo todo. Hubo vino y música y deseos… un relato convertido en sal cuando miró el futuro desobediente y terco, tentado a saber qué existe más allá del límite propuesto.
Hubo una vez una llamada, de madrugada. Una mirada innecesaria que algo dijo… pienso que sí la hubo (no me crean tanto).
sábado, 26 de mayo de 2007
viernes, 25 de mayo de 2007
Betito
Betito habla con la Virgen y ésta nos mandó decir a través de él que no critiquemos a los sacerdotes porque ellos sus hijos predilectos "sean como sean".
Por favor, yo que ni siquiera soy católica promuevo más el respeto.
Por favor, yo que ni siquiera soy católica promuevo más el respeto.
martes, 15 de mayo de 2007
Arriba los malos profes!
Hay maestro que nos marcan la vida, que con su ejemplo nos ayudan a ser mejores y sus consejos son, más que los de un amigo, los de un guía espiritual que vela por nuestro bienestar a pesar de sus propios sueños. A todos esos excelentes maestros no les dedico estas líneas, pues ya estudiantes, ex alumnos, periodistas, comerciantes y hasta el gobierno los reconocerán hoy en su día y dirán de ellos las maravillas que han logrado con su noble labor.
Hoy aquí voy a recordar a todos aquellos maestros que me dieron otra lección de vida: lo que no se debe hacer ni como profesor ni como ser humano. Estos maestros colocaron piedras gigantes en mi camino, me impusieron desafíos extremos de tolerancia y hasta lograron que con el paso del tiempo aprendiera a dominar mis deseos de venganza. Me hicieron todo un Lama del sufrimiento escolar.
El flojo
De esos tuve muchos. Llegaban al salón -cuando iban- crudos o hasta con aliento alcohólico. Se sentaban en el escritorio y lo menos que deseaban era voltear a ver a sus alumnos. Con algo de molestia te pedían que sacaras el libro y que hicieras un resumen de veinte cuartillas de los primeros cinco capítulos. Tuve una maestra que hasta se ponía a pintarse las uñas de los pies en clase mientras todos seguíamos enfrascados y fracasados con nuestro resumen.
El mañoso
De esos que se les quedan viendo a las alumnas como si quisieran cumplir la mayoría de sus fantasías sexuales. Las saludan de beso y les dan hasta "nalgaditas" en el buen sentido para demostrarles su apoyo. Les miran las piernas durante las clases y hasta les hacen proposiciones indecorosas a cambio de pasarlas en el examen. Los mañosos inofensivos no pasan de incomodarte durante el semestre, pero hay casos de mañosos psicópatas que han llegado a engañar, acosar, violar o hasta iniciar a jóvenes en la pornografía.
La harpía
Es la maestra desgraciada que todos alguna vez tuvimos. Si es soltera o divorciada la cosa empeora. Es estricta en una forma que raya en la injusticia. Impone castigos innecesarios y pone en ridículo a los alumnos débiles frente a los demás. No tiene corazón ni alma ni nada que se le parezca y aún así uno debe aprender a soportarla.
El frustrado
Sus sueños de escritor famoso o arquitecto reconocido terminaron en un salón de clases. Sin vocación de maestro, éste es el típico profesor frustrado que llega a un escritorio queriendo ver caer a los demás junto con él. No confía en los alumnos ni en sus habilidades y mucho menos los alienta a buscar un futuro prometedor. Por lo general se ensaña con el joven talento de la clase y hasta busca reprobarlo pues en él descarga toda su frustración.
El barco
Carece de completa autoridad frente al grupo. Su materia es en extremo aburrida y le importa poco si enseña bien o no. Al final es sabido que todos pasarán con él y hasta con buenas calificaciones.
El ignorante
Este profesor llegó al aula por bendito milagro. No tiene ninguna habilidad o conocimiento y por lo tanto, hasta se llega a desconfiar de la veracidad de sus enseñanzas. Si sabes un poco de la materia te quedas con cara de ¿cómo... yo pensaba qué....? Y es difícil que te saque de la duda. En realidad resulta inútil su presencia, más cuando imparte alguna materia práctica o que implique algo de tecnología.
El famoso
Te morías por que te impartiera la materia por ser alguien reconocido, pero a la hora de estar en clase con él descubres que no eres su prioridad. Estos profesores, famosos en su campo, son nefastos cuando no tienen ni tiempo ni ganas de ser maestros, y no sabes ni por qué aceptaron el trabajo. Van a dos o tres clases durante todo el semestre y en esas ocasiones llegan tarde o se van temprano. Siempre están hablando por celular y su instrucción se resume a decirte: "échale ganas como yo, no te des por vencido, y serás exitoso".
Saludos teachers, y felicidades!
Hoy aquí voy a recordar a todos aquellos maestros que me dieron otra lección de vida: lo que no se debe hacer ni como profesor ni como ser humano. Estos maestros colocaron piedras gigantes en mi camino, me impusieron desafíos extremos de tolerancia y hasta lograron que con el paso del tiempo aprendiera a dominar mis deseos de venganza. Me hicieron todo un Lama del sufrimiento escolar.
El flojo
De esos tuve muchos. Llegaban al salón -cuando iban- crudos o hasta con aliento alcohólico. Se sentaban en el escritorio y lo menos que deseaban era voltear a ver a sus alumnos. Con algo de molestia te pedían que sacaras el libro y que hicieras un resumen de veinte cuartillas de los primeros cinco capítulos. Tuve una maestra que hasta se ponía a pintarse las uñas de los pies en clase mientras todos seguíamos enfrascados y fracasados con nuestro resumen.
El mañoso
De esos que se les quedan viendo a las alumnas como si quisieran cumplir la mayoría de sus fantasías sexuales. Las saludan de beso y les dan hasta "nalgaditas" en el buen sentido para demostrarles su apoyo. Les miran las piernas durante las clases y hasta les hacen proposiciones indecorosas a cambio de pasarlas en el examen. Los mañosos inofensivos no pasan de incomodarte durante el semestre, pero hay casos de mañosos psicópatas que han llegado a engañar, acosar, violar o hasta iniciar a jóvenes en la pornografía.
La harpía
Es la maestra desgraciada que todos alguna vez tuvimos. Si es soltera o divorciada la cosa empeora. Es estricta en una forma que raya en la injusticia. Impone castigos innecesarios y pone en ridículo a los alumnos débiles frente a los demás. No tiene corazón ni alma ni nada que se le parezca y aún así uno debe aprender a soportarla.
El frustrado
Sus sueños de escritor famoso o arquitecto reconocido terminaron en un salón de clases. Sin vocación de maestro, éste es el típico profesor frustrado que llega a un escritorio queriendo ver caer a los demás junto con él. No confía en los alumnos ni en sus habilidades y mucho menos los alienta a buscar un futuro prometedor. Por lo general se ensaña con el joven talento de la clase y hasta busca reprobarlo pues en él descarga toda su frustración.
El barco
Carece de completa autoridad frente al grupo. Su materia es en extremo aburrida y le importa poco si enseña bien o no. Al final es sabido que todos pasarán con él y hasta con buenas calificaciones.
El ignorante
Este profesor llegó al aula por bendito milagro. No tiene ninguna habilidad o conocimiento y por lo tanto, hasta se llega a desconfiar de la veracidad de sus enseñanzas. Si sabes un poco de la materia te quedas con cara de ¿cómo... yo pensaba qué....? Y es difícil que te saque de la duda. En realidad resulta inútil su presencia, más cuando imparte alguna materia práctica o que implique algo de tecnología.
El famoso
Te morías por que te impartiera la materia por ser alguien reconocido, pero a la hora de estar en clase con él descubres que no eres su prioridad. Estos profesores, famosos en su campo, son nefastos cuando no tienen ni tiempo ni ganas de ser maestros, y no sabes ni por qué aceptaron el trabajo. Van a dos o tres clases durante todo el semestre y en esas ocasiones llegan tarde o se van temprano. Siempre están hablando por celular y su instrucción se resume a decirte: "échale ganas como yo, no te des por vencido, y serás exitoso".
Saludos teachers, y felicidades!
lunes, 7 de mayo de 2007
"Hijos sí, maridos no"
Y ahora sí no es que yo lo diga... Hace un tiempo le conté a un amigo que yo quería tener un hijo después de los treinta, pero que quería hacerlo sin estar involucrada sentimentalmente con una pareja. La razón es que todo el proceso del embarazo y de la maternidad me parecen un milagro natural que debería ser cien por ciento disfrutable. No soy feminista ni considero que hombres y mujeres seamos iguales, por lo tanto, es imposible que exijamos que la escala de prioridades de los dos sexos sea la misma (lo que sí es justo es que tengamos los mismos derechos y obligaciones ante la ley). Aunque muchos hombres también vean fascinante el proceso de la maternidad, sólo las mujeres podrán experimentar esos cambios y esa dicha de ver formarse un nuevo ser en su vientre. Si con estos hombres, sensibles ante tal fenómeno, es difícil convivir en cierto momento, imaginen cómo será atravesar toda esta etapa al lado de un hombre que no lo ve con ojos de "milagro".
"No vayas a engordar", "yo como quiera voy a salir con mis amigos", "¿por qué ahora haces menos quehacer que antes?", "no me esperes despierta" o "no seas chiflada, estás demasiado sensible" son frases y reclamos que no deseo escuchar cuando esté embaraza.
Que un hombre se involucre en el embarazo de la pareja, que acceda a permanecer con ésta en los buenos y en los malos momentos y que al igual que ella, acepte sacrificar esa vida de solteros que hasta un tiempo antes los dos gozaban, es el sueño de toda mujer. Pero esto parece ser tan difícil como pretender que después del embarazo el hombre vuelva a verla como la amiga y amante que solía ser antes de tener un hijo.
Con este contexto de sufrimientos innecesarios -aunque no digo que todas las parejas ni todos los hombres sean iguales- resulta tentadora la opción de Hijos sí, maridos no, fenómeno creciente que da nombre al libro de María Antonieta Barragán y Mónica León.
Esta investigación sociológica descubrió que siete millones de mujeres en México son madres solteras. Algunas divorciadas, otras abandonadas y muchas porque así lo decidieron. Estas últimas, según el estudio, son mujeres que aunque no tienen una pareja eligen ejercer la maternidad, que están en una edad límite físicamente para tener hijos y que son autosuficientes económicamente.
El proceso, dicen estas autoras, es duro tanto para la mujer como para los hijos. La etiqueta social de madre soltera sigue mortificando a pesar de la apertura que se le ha dado a las familias no tradicionales. Que un hijo tiene derecho a tener un papá, no lo dudo, pero que éste debe cumplir con la obligación de darle amor, educación y sustento es algo que en algunos casos no sucede. La madre, aunque sola, puede proporcionarle al hijo todo esto y hacer de él un ser humano bueno y normal, lo he visto y creo que todos conocemos algún ejemplo.
Pero bueno, todavía me faltan algunos años para que mi reloj biológico me presione, y en ese tiempo todo puede pasar. Por lo pronto, les dejo el link donde Fernanda Tapia entrevista a las autoras de este libro, escúchenlo, está muy padre. http://prodigymsn.dixo.com/fernanda-tapia (es el podcast 111).
"No vayas a engordar", "yo como quiera voy a salir con mis amigos", "¿por qué ahora haces menos quehacer que antes?", "no me esperes despierta" o "no seas chiflada, estás demasiado sensible" son frases y reclamos que no deseo escuchar cuando esté embaraza.
Que un hombre se involucre en el embarazo de la pareja, que acceda a permanecer con ésta en los buenos y en los malos momentos y que al igual que ella, acepte sacrificar esa vida de solteros que hasta un tiempo antes los dos gozaban, es el sueño de toda mujer. Pero esto parece ser tan difícil como pretender que después del embarazo el hombre vuelva a verla como la amiga y amante que solía ser antes de tener un hijo.
Con este contexto de sufrimientos innecesarios -aunque no digo que todas las parejas ni todos los hombres sean iguales- resulta tentadora la opción de Hijos sí, maridos no, fenómeno creciente que da nombre al libro de María Antonieta Barragán y Mónica León.
Esta investigación sociológica descubrió que siete millones de mujeres en México son madres solteras. Algunas divorciadas, otras abandonadas y muchas porque así lo decidieron. Estas últimas, según el estudio, son mujeres que aunque no tienen una pareja eligen ejercer la maternidad, que están en una edad límite físicamente para tener hijos y que son autosuficientes económicamente.
El proceso, dicen estas autoras, es duro tanto para la mujer como para los hijos. La etiqueta social de madre soltera sigue mortificando a pesar de la apertura que se le ha dado a las familias no tradicionales. Que un hijo tiene derecho a tener un papá, no lo dudo, pero que éste debe cumplir con la obligación de darle amor, educación y sustento es algo que en algunos casos no sucede. La madre, aunque sola, puede proporcionarle al hijo todo esto y hacer de él un ser humano bueno y normal, lo he visto y creo que todos conocemos algún ejemplo.
Pero bueno, todavía me faltan algunos años para que mi reloj biológico me presione, y en ese tiempo todo puede pasar. Por lo pronto, les dejo el link donde Fernanda Tapia entrevista a las autoras de este libro, escúchenlo, está muy padre. http://prodigymsn.dixo.com/fernanda-tapia (es el podcast 111).
domingo, 29 de abril de 2007
La tía Gloria
Postrada en una cama de hospital se encuentra mi tía Gloria. Parece otra. En la familia bromeamos con su parecido a María Félix. Siempre con su cabello negro y largo, su rostro bien maquillado, sus brillantes joyas y su altivez de mujer que todo lo puede, que nada debe y nada teme. La he visto desde mi niñez enterrar a un ex esposo y como a tres novios. Siempre llegaba a visitarnos y contagiaba de burlesca alegría a quien se le pusiera enfrente. Es muy buena para poner apodos, a mí me dice 'Penélope' porque asegura que estoy "igualita" a la actriz española, yo sólo sonrío y la dejo seguir describiendo mis facciones y mi color de rostro. Y es que ella tiene una agudez envidiable para encontrar esos rasgos buenos o malos en cada uno, los más significativos.
Ahora se ve diferente. Usa una bata deslucida que contrasta con sus usuales y elegantes vestidos. Tiene la cara más blanca que la bata y sus gestos -qué extraño, nunca lo había notado- se contraen preocupados mostrando unas arrugas que golpean con dolor a quien la conoce: siempre contenta.
"Lo único que le pido a Dios es que pueda valerme por mí misma, que pueda bañarme sola y alguna vez sostenerme para cocinar", dice ante mi mirada perdida en un pasado reciente. Y es que ahora parecen tan lejana la imagen de la tía Gloria de porte recto y actitud enérgica. ¡Ha sido una María Félix en toda la extensión de la palabra!. "Ya no voy a poder ir a los bailes", dice partiéndome el corazón. Su mayor pasión son los bailes del Manuel Acuña, la fiesta, la música. Su voz (le fascina cantar) se seguirá oyendo, pero tal vez sus pasos no puedan volver a moverse al ritmo de un danzón, una noche, un viernes, no lo sé.
Su estado de salud delicado sólo nos afecta a nosotros, su familia. A mí me aflige una angustia egoísta. La misma que sentí cuando a mi padre le dio un segundo infarto. Todo parece estar igual hasta que una ráfaga de tragedia te escupe a la cara que el tiempo no perdona, ni a mi héroe, ni ahora a una gran inspiración de fortaleza femenina.
Que se recupere, deseo y espero.
Ahora se ve diferente. Usa una bata deslucida que contrasta con sus usuales y elegantes vestidos. Tiene la cara más blanca que la bata y sus gestos -qué extraño, nunca lo había notado- se contraen preocupados mostrando unas arrugas que golpean con dolor a quien la conoce: siempre contenta.
"Lo único que le pido a Dios es que pueda valerme por mí misma, que pueda bañarme sola y alguna vez sostenerme para cocinar", dice ante mi mirada perdida en un pasado reciente. Y es que ahora parecen tan lejana la imagen de la tía Gloria de porte recto y actitud enérgica. ¡Ha sido una María Félix en toda la extensión de la palabra!. "Ya no voy a poder ir a los bailes", dice partiéndome el corazón. Su mayor pasión son los bailes del Manuel Acuña, la fiesta, la música. Su voz (le fascina cantar) se seguirá oyendo, pero tal vez sus pasos no puedan volver a moverse al ritmo de un danzón, una noche, un viernes, no lo sé.
Su estado de salud delicado sólo nos afecta a nosotros, su familia. A mí me aflige una angustia egoísta. La misma que sentí cuando a mi padre le dio un segundo infarto. Todo parece estar igual hasta que una ráfaga de tragedia te escupe a la cara que el tiempo no perdona, ni a mi héroe, ni ahora a una gran inspiración de fortaleza femenina.
Que se recupere, deseo y espero.
lunes, 16 de abril de 2007
Mercado de carnes
Vestida con una diminuta falda pegada al cuerpo y un gran escote, una rubia baila sin ritmo ni sentido una canción de reggae mientras toma una bebida azul bautizada como blue tequila. Grita, salta y se alborota el cabello; se encorva hasta que su trasero sale del vestido y ofrece un panorama estimulante para quienes la miran. Un hombre la observa sonriendo y lanza miradas de complicidad a sus amigos. Se le acerca por la espalda y le agarra las nalgas, a lo que la rubia responde restregándoselas más a su cuerpo. Después, el hombre pone las manos en los pechos de la gringa y la levanta, en esa posición ella gira la cabeza y comienza a besarlo de una forma vulgar, que dista mucho de parecer apasionada.
Continúan un buen rato hasta que me aburro de observarlos. Los demás parecen igual de fastidiados con la escena y vuelven a lo suyo: tomar, bailar sin ritmo (porque los gringos no tienen nada de ritmo) y recorrer con la mirada toda la carne apetecible para esa noche.
-You are a beautiful woman, I have that to say it to you- me dice un gringo que aparece detrás de mí.
-Thank you- contesto al cumplido.
-You want to dance?- me pregunta mientras me agarra de la cintura y comienza a moverse al ritmo de la música. Me aprieta hacia su cuerpo y yo como que no queriendo, me zafo de sus manos para intentar platicar.
-Where are you from?- pregunto.
-Brooklyn... New York- me responde sin muchas ganas pues su concentración está en querer ver más allá de mi escote.
-You want to go to my hotel?- me dice directamente cuando descubre que mi inglés no es muy bueno.
-Now? Sorry, I don't believe that it can go- contesto y sonrío, pero su cara ya denota desesperación.
-I go by a drink-, dice y desaparece dejándome sola.
A los dos minutos lo veo atacando a otra presa, esta vez una gringa que enseguida lo abraza mientras bailan. Me río por dentro. Naturalmente no sé quien es ni lo que hace, no sé si es un gran empresario, un profesor o un estudiante. En nuestra corta charla me confesó que tenía veintiocho años. Él tampoco sabe nada de mí. Si lloro con las películas, si me gusta leer o si soy alérgica al polen. Nuestras únicas referencias son mi vestido cortito y su playera de "welcome to my space".
A la nueva mujer le importan poco estas divagaciones, unos minutos después ya están besándose en medio de la pista.
Regreso a la barra y continúo con mi dotación libre de micheladas. No se me antoja besar a hombres que no conozco. Ahora veo que estoy out, en otras vacaciones aceptaba con singular alegría el ritual de tener un amor de verano. Alguien que conocías por varios días, que de alguna forma te inspiraba un gusto y una magia diferentes, y lo mejor, que terminabas besando con esa mariposa en el estómago que revolotea con la esperanza de otra vez, pasados los años, volver a encontrarlo.
La carne sin sentido no me provoca ningún deseo ni sensación de placer. El episodio me hizo recordar una acalorada discusión que tuve con el escritor Julián Herbert (si alguien se lo encuentra me lo saluda porque tengo mucho de no verlo), donde ahora le doy la razón a una parte de su teoría: -no beso ni me acuesto con quien no me inspira una gran atracción-, a la que yo en esta ocasión le agregaría: -tampoco con quien no me une ningún sentimiento o emoción-.
El neoyorkino se llevó a la gringa a su hotel, supongo... yo regresé algo borracha a mi habitación.
Continúan un buen rato hasta que me aburro de observarlos. Los demás parecen igual de fastidiados con la escena y vuelven a lo suyo: tomar, bailar sin ritmo (porque los gringos no tienen nada de ritmo) y recorrer con la mirada toda la carne apetecible para esa noche.
-You are a beautiful woman, I have that to say it to you- me dice un gringo que aparece detrás de mí.
-Thank you- contesto al cumplido.
-You want to dance?- me pregunta mientras me agarra de la cintura y comienza a moverse al ritmo de la música. Me aprieta hacia su cuerpo y yo como que no queriendo, me zafo de sus manos para intentar platicar.
-Where are you from?- pregunto.
-Brooklyn... New York- me responde sin muchas ganas pues su concentración está en querer ver más allá de mi escote.
-You want to go to my hotel?- me dice directamente cuando descubre que mi inglés no es muy bueno.
-Now? Sorry, I don't believe that it can go- contesto y sonrío, pero su cara ya denota desesperación.
-I go by a drink-, dice y desaparece dejándome sola.
A los dos minutos lo veo atacando a otra presa, esta vez una gringa que enseguida lo abraza mientras bailan. Me río por dentro. Naturalmente no sé quien es ni lo que hace, no sé si es un gran empresario, un profesor o un estudiante. En nuestra corta charla me confesó que tenía veintiocho años. Él tampoco sabe nada de mí. Si lloro con las películas, si me gusta leer o si soy alérgica al polen. Nuestras únicas referencias son mi vestido cortito y su playera de "welcome to my space".
A la nueva mujer le importan poco estas divagaciones, unos minutos después ya están besándose en medio de la pista.
Regreso a la barra y continúo con mi dotación libre de micheladas. No se me antoja besar a hombres que no conozco. Ahora veo que estoy out, en otras vacaciones aceptaba con singular alegría el ritual de tener un amor de verano. Alguien que conocías por varios días, que de alguna forma te inspiraba un gusto y una magia diferentes, y lo mejor, que terminabas besando con esa mariposa en el estómago que revolotea con la esperanza de otra vez, pasados los años, volver a encontrarlo.
La carne sin sentido no me provoca ningún deseo ni sensación de placer. El episodio me hizo recordar una acalorada discusión que tuve con el escritor Julián Herbert (si alguien se lo encuentra me lo saluda porque tengo mucho de no verlo), donde ahora le doy la razón a una parte de su teoría: -no beso ni me acuesto con quien no me inspira una gran atracción-, a la que yo en esta ocasión le agregaría: -tampoco con quien no me une ningún sentimiento o emoción-.
El neoyorkino se llevó a la gringa a su hotel, supongo... yo regresé algo borracha a mi habitación.
miércoles, 4 de abril de 2007
fidelidad
He aquí un dilema. Conoces a un hombre con el que empiezas una buena conversación, es guapo o simpático y encuentras además cierta química entre los dos (podría ser también un hombre hablando con una mujer, pero sucede pocas veces lo que voy a relatar). Todo parece ir perfecto con el nuevo hombre cuando te suelta una gran verdad que para él es como decir simplemente qué religión profesa: no cree en la fidelidad. Tú tal vez, en ese momento, compartas con él la misma opinión y como suele pasarnos a las mujeres, dejes que diga sus razones y hasta las escuches intentando comprenderlas. En ese momento, claro, no le das mucha importancia pues es un hombre que apenas conoces. Siguen saliendo y de nuevo, como toda mujer, ves la posibilidad de iniciar una relación. Él acepta pero en varias ocasiones, ya sea entre la conversación como no queriendo o directamente, te vuelve a repetir que no cree en la fidelidad porque al fin y al cabo Dios lo hizo un animal salvaje. Está en su instinto, es su justificación. ¿Hasta dónde puedes dejar que llegue esa relación? Miles de ideas pasan por tu mente al principio: a mí no me lo va a hacer, ya está en edad de madurar o de sentar cabeza, es demasiado pronto para preocuparme por eso… Otros pensamientos intentan justificarlo: pues mientras no me dé cuenta, yo también podría serle infiel a él, creo que lo dice pero no lo hace… Las últimas y peores ideas son las que llegan a confundirte: tal vez él tenga razón y los seres humanos sí somos infieles por naturaleza.
Si llega a convencerte ¡felicidades!, entrarás a un mundo donde hay cosas más importantes que la fidelidad, y como le diría Frida Kahlo a Diego Rivera, “puedes serme infiel mientras me seas leal”.
La otra historia es cuando crees que aceptas la situación, pero a la hora de vivirla te das cuenta que el daño es más grande de lo que pensabas. Sufres con la idea de imaginártelo con otra, temes que se haya enamorado de ella y si no fue así y él quiere continuar, vives pensado que algún día eso inevitablemente ocurrirá. Y no digo que en una relación donde los dos creen en la fidelidad esto no suceda, pero es peor saber, como desahuciado, que eso finalmente pasará.
Es antes de iniciar algo con esa persona, supongo, cuando debes tomar la decisión de qué tanto se ajustará en tu vida una cuestión como la infidelidad. No es que nunca vaya a sucederte o que existan el hombre o la mujer perfectos que nunca sean infieles, pero tampoco se trata de poner ciertas expectativas en un hombre que usa la infidelidad como estandarte.
Un hombre que es infiel frecuente, lo hace y después no se da golpes de pecho. Es como llevar a un cristiano fanático a un templo budista y querer imponerle otro credo. Es probable que el cristiano llegue a considerar que algunas ideas de los budistas son buenas, pero en el fondo su verdadera creencia sigue siendo Jesús como el Mesías.
Así un infiel que escuche las razones por las que deseas que no caiga en el adulterio podrá decirte que lo acepta, pero su ideología seguirá siendo: “estoy en lo correcto, la fidelidad no es necesaria”.
Que si es o no es una cuestión inevitable e instintiva. No lo creo, por algo somos seres racionales. Todo está en el concepto que tengamos de la fidelidad. Si nos resulta atractiva porque nos gusta experimentar o si no la aceptamos porque sabemos que en esas situaciones alguien termina sufriendo. Que si se trata de aguantarnos como si fuera una dieta estricta, sí, tal vez, pero siempre hay que pensarlo antes de hacer algo que pueda afectar a otro en sus sentimientos, su confianza o hasta su salud: más del 70 por ciento de las mujeres han tenido, tienen o tendrán el Virus del Papiloma Humano (que provoca cáncer en la matriz) y la principal causa de transmisión es la sexual. Más del 50 por ciento de las mujeres infectadas con el VIH son esposas y madres de familia que se contagiaron porque su esposo les transmitió el virus.
Lo siento, pero sí creo en la fidelidad porque es cuestión de decisión y responsabilidad. Los hombres son fieles al trabajo o hasta a un equipo de futbol, así que su teoría del instinto no sustenta nada.
Si llega a convencerte ¡felicidades!, entrarás a un mundo donde hay cosas más importantes que la fidelidad, y como le diría Frida Kahlo a Diego Rivera, “puedes serme infiel mientras me seas leal”.
La otra historia es cuando crees que aceptas la situación, pero a la hora de vivirla te das cuenta que el daño es más grande de lo que pensabas. Sufres con la idea de imaginártelo con otra, temes que se haya enamorado de ella y si no fue así y él quiere continuar, vives pensado que algún día eso inevitablemente ocurrirá. Y no digo que en una relación donde los dos creen en la fidelidad esto no suceda, pero es peor saber, como desahuciado, que eso finalmente pasará.
Es antes de iniciar algo con esa persona, supongo, cuando debes tomar la decisión de qué tanto se ajustará en tu vida una cuestión como la infidelidad. No es que nunca vaya a sucederte o que existan el hombre o la mujer perfectos que nunca sean infieles, pero tampoco se trata de poner ciertas expectativas en un hombre que usa la infidelidad como estandarte.
Un hombre que es infiel frecuente, lo hace y después no se da golpes de pecho. Es como llevar a un cristiano fanático a un templo budista y querer imponerle otro credo. Es probable que el cristiano llegue a considerar que algunas ideas de los budistas son buenas, pero en el fondo su verdadera creencia sigue siendo Jesús como el Mesías.
Así un infiel que escuche las razones por las que deseas que no caiga en el adulterio podrá decirte que lo acepta, pero su ideología seguirá siendo: “estoy en lo correcto, la fidelidad no es necesaria”.
Que si es o no es una cuestión inevitable e instintiva. No lo creo, por algo somos seres racionales. Todo está en el concepto que tengamos de la fidelidad. Si nos resulta atractiva porque nos gusta experimentar o si no la aceptamos porque sabemos que en esas situaciones alguien termina sufriendo. Que si se trata de aguantarnos como si fuera una dieta estricta, sí, tal vez, pero siempre hay que pensarlo antes de hacer algo que pueda afectar a otro en sus sentimientos, su confianza o hasta su salud: más del 70 por ciento de las mujeres han tenido, tienen o tendrán el Virus del Papiloma Humano (que provoca cáncer en la matriz) y la principal causa de transmisión es la sexual. Más del 50 por ciento de las mujeres infectadas con el VIH son esposas y madres de familia que se contagiaron porque su esposo les transmitió el virus.
Lo siento, pero sí creo en la fidelidad porque es cuestión de decisión y responsabilidad. Los hombres son fieles al trabajo o hasta a un equipo de futbol, así que su teoría del instinto no sustenta nada.
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